sábado, 11 de noviembre de 2006

DETRAS DEL MITO

Daniel F nos recibe sumido en la penumbra, con la guitarra a la espalda, los ojos de cadáver y la chompa negra en claro contraste con su palidez. Se le nota cansino. Sediento. Intranquilo. Hurgando entre las sombras como un fantasma. A escondidas de la luz como un vampiro.
Esta vez su refugio de ocasión es La Noche de Barranco. Allí deambula a tientas, instintivamente. Respira con pausa. Y aunque a simple vista no parece un tipo fuera de lo común, las dudas surgen ante el misterio que suscita el extravío de su mirada
.

Pequeño F
La de Daniel fue una infancia aleccionadora. “Desde chiquito, mi familia me inculcó valores esenciales, como el respeto a las personas y a la verdad”, evoca. Y mientras habla, mantiene la mirada fija. Sus labios apenas se mueven. “Por eso siempre digo lo que pienso, sin importar a quien tenga al frente.”
Los hermanos mayores le mostraron una vía alterna. Así, alejado de todo convencionalismo, el pequeño genio transitó por el cuestionamiento perpetuo. “Aprendí a ver el otro lado de las personas y situaciones. Desde ese momento, descubrí la falsedad imperante e intenté ser honesto.”
En su barrio de la Unidad Vecinal 3 del Cercado de Lima, su interés devino en la pasión por la música. No tenía otra noción de la vida al margen de ella. Y no sorprendió que recorriera la senda rítmica que construían en su mente bandas de rock progresivo como Yes, Faces y Status Quo.
“Mi mundo estaba formado por la colección de revistas, afiches y artículos de rock. Tenía aspiraciones que consideraba inalcanzables, pues mi único sueño en la vida era tener mi banda y tocar. No quería más.”

La vida en juego
En la actualidad, la vida de Daniel discurre entre pasiones efímeras. Como los juegos de Nintendo y los gatos ajenos que cría por compasión. Se alimenta de la dulce condena que le endilga la música. Los conciertos. Y aquella capacidad inaudita para liberar sortilegios sobre el público y seducirlo.
La destreza musical que adquirió en su adolescencia tuvo un alto costo: la soledad. “Siempre fui un chico solitario. Y pese a que tenía un montón de amigos, era inevitable sentir la melancolía. Sentir que nadie te entiende, que la salida más próxima era la muerte.”
Durante su trabajo como obrero –cortaba fierros en una fábrica de Ventanilla– halló un bálsamo a su condición. “Le conté mis rollos a un colega que era Testigo de Jehová y gracias a él descubrí que lo mío era una simple pantomima. Porque había gente mucho más sola (como mi mamá, que era viuda) y muchas personas que me querían.”
Con tres intentos de suicidio a cuestas, la vitalidad de F resulta sorprendente. “Suicidarme en estos momentos sería absurdo, porque antes pensaba que mi vida no tenía sentido. Y he descubierto que realmente no quería matarme. Era un figuretti nomás”, exclama, con una media sonrisa.

Música para volar
Aquel momento cambió su vida. El ímpetu del segundo aliento le impulsó a unirse con otros músicos y formar lo que denomina “pequeñas cofradías”. Nada menos que cálidas tertulias en casas particulares para oír música y compartir intereses. “De esa unión de desadaptados, incomprendidos y solitarios nació Leusemia”, rememora.
Para dar rienda suelta a su talento, bastaron algunos poemas de su hermano mayor, Ricardo. Musicalizó las letras e intentó que cada tema gire en torno a un concepto definido. Así, lo urbano y marginal construyeron un universo de situaciones ficticias.
“Desde 1983, en que concedimos nuestra primera entrevista, nos pusieron el cartelito de punk en el pescuezo. Siempre fui enemigo de las etiquetas o los géneros. En el grupo sólo hacíamos –y hacemos– rock and roll. Por eso aún me enfurece cuando nos tildan de banda punk y radical.”
Pero la aventura creció desmesuradamente. Y lo que empezó como reuniones amicales derivó en una movida social. Contestataria. Subterránea. Maldita. Daniel descubrió la fama y se percató de que había perdido el control. Cuando surgió el desencanto que le producía tocar los mismos temas, la decisión de disolver la banda se impuso.


Etiqueta negra
Daniel F afirma no tener una ideología definida, aunque tiende a la anarquía. “En aquellos años defendí ese pensamiento político, pues ofrecía la libertad de elegir un camino paralelo. Rompía con lo establecido.”
Ahora, como antes, aún existen elementos de la industria musical y la sociedad con las que no concuerda. La manera de ser de las personas, la hipocresía y los falsos valores.
En su arte, el lado personal y artístico intentan ser uno. Pero reconoce que existe un Daniel F que ni él mismo conoce. “Por eso mis canciones no reflejan mi esencia, excepto en pequeñas partecitas. Y me da risa cuando leo interpretaciones de mis letras que difieren por completo de lo que quise decir”, comenta.
En esta ciudad que lo aturde y sorprende por su violencia, Daniel posee una particular concepción acerca de las drogas. “No consumo ninguna”, asegura.

Héroe de leyenda

Qué difícil imaginar a Daniel siendo niño. Adolescente. Adulto. Ahora que lo vemos pálido y ojeroso, aunque más cerca de la vida que de la muerte. Resulta imposible imaginarlo iracundo, cuando lo reconocen en las “combis” y lo miran con asombro, como si una estrella de rock no pudiese viajar de esa manera.
“Muchos chicos se acercan a mí con una idea preconcebida. Ocurre igual con esos periodistas que fantasean o realizan análisis psicológicos de lo más absurdos. Con eso sólo alimentan el ‘mito’, cuando lo que yo busco es demostrar lo contrario. Que sólo soy un músico, un pata cualquiera.”
Por lo demás, resulta una quimera comprender los misterios, pudores y extravíos que Daniel oculta en aquellos recovecos de silencio. En aquella mirada perdida y perversa. En esa última frase dura y certera: “No aspiro a nada; sólo haré música hasta que me muera.”

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